domingo, 8 de agosto de 2010

el mensaje

intercambio de parejas


El masaje
Aún recuerdo aquel día, si, ese día que aún se mantiene en mi memoria. Todo parecía normal en mi vida hasta ese día. Me llamo Carolina y soy abogada, tengo 41 años, estoy casada y tengo dos hijos adolescentes. Económicamente estoy bien situada y mi matrimonio está dentro de los cánones normales. Mi marido y yo hacemos el amor un par de veces al mes. Llevo pues una vida absolutamente normal. Mi físico es el de una mujer de 175 cts. y peso 67 Kg. soy rubia teñida y me gusta vestir con falda y chaqueta, es decir, algo clásica, quizá por mi profesión. En definitiva me conservo bien, teniendo en cuenta mi edad.
Un compañero del bufete, llevaba tiempo intentando mantener relaciones conmigo, pero evidentemente todas sus peticiones eran sistemáticamente rechazadas, es más, creo en el matrimonio, lo que evidentemente me inmuniza para cualquier relación extramatrimonial, o eso creía yo. Este compañero, Alfonso, era un mujeriego reconocido, tenía buen cuerpo todo sea dicho y además era muy inteligente, por su cama habían pasado la mayoría de las mujeres famosas. Alfonso se jactaba de acostarse con la mayoría de las clientas, al menos era lo que decía en privado, creo que tenía ciertos ingredientes de bravucón. Él insistía de una manera tan contumaz, que llegó a rayar el acoso, sin embargo, esa situación me gustaba, pues estaba segura de mi fortaleza emocional, vamos que ningún hombre excepto mi marido disfrutaría de los dones que la naturaleza me concedió.
Cierto día en conversaciones con mis colegas del bufete, me enteré que habían personas que se dedicaban al masaje corporal a domicilio, lo que facilitaba que el paciente no tenía que desplazarse hasta el lugar del masaje pues el propio masajista iba al domicilio previa cita. Me interesé por este sistema aunque no lo puse en mi agenda como algo urgente, pero pasaron los días desde la conversación, y cada vez pensaba más en localizar una masajista de esas y contratar sus servicios, en verdad lo necesitaba, padezco de stress desde hace mucho tiempo por la tensión que me produce mi profesión. Un día en que me encontraba en casa trabajando en un caso, decidí coger las páginas amarillas y buscar masajistas a domicilio, no tardé mucho, pues había varios donde elegir. Me sentí indecisa y decidí entonces coger el teléfono y llamar a uno de mis colegas, Ernesto, que ya había utilizado a un masajista alguna que otra vez. Ernesto me dio el teléfono de su masajista y me decidí a contactar con él. Al ser un hombre me sentí un poco incómoda e indecisa ya que sentía cierto reparo. Lo dejé para el día siguiente y continué con mi trabajo, pero sin quitarme la idea del pensamiento.
No sabía realmente si llamar o dejarlo, incluso llamar a otra masajista o por el contrario ir a un centro especializado. Al final me decidí y telefoneé al número que me facilitó Ernesto. Al otro lado de la línea una voz femenina me contestó muy amablemente, lo que hizo que me tranquilizara bastante, al menos no es un masajista masculino, me dije. Concerté la cita y los honorarios que eran 30 € y continué con mi rutina diaria. La cita se estableció para el sábado siguiente a las 11 de la mañana.
El sábado por la mañana sabiendo que iba a tener una sesión de masaje me levanté temprano y tomé un baño, muy relajante, con el pensamiento puesto en la sesión que me esperaba. Una vez terminado el baño, me puse un albornoz para cubrir mi cuerpo que sólo llevaba un sujetador y unas braguitas, tipo tanga. Me senté en el sofá de la sala junto a Carlos, mi marido que leía el periódico y cogí una revista para pasar el tiempo. Eran las 10,50 horas cuando sonó el timbre de la puerta, Carlos se levantó y se acercó a la puerta para abrir, al otro lado de la puerta apareció un joven de unos 25 años, con una pequeña melena negra y muy fornido, típico musculoso de gimnasio.
-¿Sí?- Dijo mi marido.
-Buenos días señor, soy el masajista que han pedido para hoy.
-¡Ah! Sí, pase, es aquí -contestó Carlos– No es para mí, es para mi esposa, pase por favor
El joven se presentó, Joel se llamaba, era cubano y pasó a una habitación que le indicamos con toda su parafernalia. Traía dos maletas, una mediana y la otra algo más aparatosa. Comenzó a colocar una camilla muy ligera que armó en un santiamén y de la otra maleta, sacó unos botes y paños, que colocó muy cerca, para tenerlos a mano supongo. Mi esposo nos dejó solos y cerró la puerta para dejarnos con más intimidad, debo reconocer que me vi en una situación embarazosa.
El chico me tranquilizó y me dijo que me pusiera cómoda, que me quitara el albornoz y el sujetador, él mientras se giró de espaldas colocando las cosas para el masaje. Me tendí en la camilla boca abajo y él puso una toalla blanca que me tapaban desde la mitad de los muslos hasta las caderas. Joel se frotó las manos con aceite de eucaliptos según me informó y comenzó a frotarme los pies, las plantas de los pies, las pantorrillas, la cara interna de las rodillas de una manera suave pero firme, pellizcaba la carne unas veces y otras la amasaba, pasaba sus dedos suavemente y otras los nudillos con firmeza. Esto hizo que sintiera tal relajación que a punto estuve de quedar dormida, aquello era una maravilla, una sensación inédita, un placer infinito.
Así estuvo el masajista durante un rato, recorriendo cada parte de mi cuerpo, la espalda, el cuello, la cabeza, las sienes, los brazos, las manos, los dedos, la frente. Pero debo indicar que cuando le tocó el turno a mis nalgas (por alguna razón las dejó para el final), yo ya no era dueña de la voluntad de mi cuerpo. Joel deslizó muy suavemente las manos embadurnadas en aceite por debajo de la toalla que me cubría y con los dedos pulgares marcó un camino por mis nalgas que recorrió durante un rato, sentí desfallecer, estaba excitadísima, él amasaba de tal forma mis glúteos que me recriminé mentalmente el no haberme quitado la tanga antes, Joel de todas formas actuaba como si no hubiera tanga pues de vez en cuando sus dedos se escapaban por debajo de la braguita, no sé si intencionadamente, pero a mi me producía unos espasmos que intentaba reprimir para que no lo advirtiera él.
En un momento dado dejó mis nalgas y se puso frente a mi cabeza que tenía ladeada, para dedicarse nuevamente a la espalda, puede notar sin lugar a dudas que el joven estaba excitado, no lo podía disimular habida cuenta que iba vestido con pantalón blanco y camiseta blanca. Su miembro formaba un bulto en su fino pantalón que se observaba a lo lejos. Intenté tranquilizarme, pensar en otras cosas, aquella situación era nueva para mí. Fantasías de todas clases pasaron por mi cabeza, todas como protagonista mi masajista caribeño. Deseé que me quitara las bragas, lo deseé con fuerza, pero obviamente no ocurrió. Joel pasó nuevamente a mis nalgas y ahora era yo quién no podía disimular mi estado, tenía las bragas mojadas, recé para que no se diera cuenta, él apretujaba mis nalgas y con sus pulgares notaba como pasaban por la hendidura de mi ano, de mi sexo. Iba a estallar, no podía más, notaba como sus dedos se ralentizaban al pasar sobre las bragas a la altura de mi culo.
Y por desgracia terminó el tiempo, una hora que a mí me pareció cinco minutos. Él indicó que había terminado y yo no pude levantarme, estaba sin fuerzas. Hice un esfuerzo y me incorporé tapándome los pechos, Joel entonces cogió el albornoz y me ayudó a ponérmelo, noté su mirada dirigida a mis pechos. Nos citamos para el siguiente sábado y tras pagarle sus honorarios, nos despedimos.
Carlos me preguntó cómo había ido, le expliqué que me sentía mejor, mi cuerpo estaba más aliviado. Le oculté las sensaciones vividas dentro de la habitación.
Pasé el resto de la semana ansiando que llegara el sábado, no podía quitármelo de la cabeza, llegó a afectar incluso a mi trabajo, no era posible concentrarme. Así pasó el resto de la semana y llegó el sábado, a la hora acordada, Joel llamó a la puerta y Carlos nuevamente le abrió, tras unos saludos de cortesía pasamos a la habitación de la semana anterior donde se repitió el protocolo. Aunque esta vez yo estaba preparada, tenía el albornoz pero no llevaba ropa interior alguna. Con un poco de descaro, había perdido el pudor de la semana anterior, me deshice del albornoz que cayó al suelo y me recosté en la camilla, noté su lascivia en la mirada, pero muy caballeroso colocó la toalla blanca sobre mis nalgas y procedió como la semana anterior. Tras embadurnarse sus manos con aceite de eucaliptos se dirigió a mis pies y comenzó a frotarlos suavemente hasta llegar a la pantorrilla y después el muslo, ahí se entretuvo masajeando esa zona un poco más que la vez anterior, había cambiado las pautas, lo que me desconcertó ligeramente, notaba sus dedos rozar mis nalgas y sentía como sus manos se adentraban en la pared interior de los muslos hasta casi rozar mi sexo, estaba poniéndome a cien, y eso que acababa de empezar.
De pronto noté como Joel se inclinó hacia delante y me besó la espalda, me sobresalté pero no dije nada, es posible que él intuyera que eso era un permiso expreso para continuar y creo que lo era. Se mantuvo un rato más dándome masajes en la zona de las muslos lo que me llenó de impaciencia, no sabía si estaba jugando o en realidad era su forma de actuar, en cualquier caso no tardo un minuto cuando comenzó a deslizar poco a poco la toalla hacía los pies, notaba como la prenda iba dejando al descubierto mi desnudo torso, la sentí caer al suelo.
Ahora estaba libre para él, estaba a punto de pedirle que se abalanzara sobre mí, pero dejé que hiciera su trabajo, dejé que mi pasividad fuera total, me excitaba el pensar que era su esclava sexual. Joel me hacía sufrir, ¿por qué no actuaba? ¿es qué el beso era parte del masaje? Estaba en un mar de confusiones cuando noté que se había dirigido a mis nalgas nuevamente y ahora sus pulgares estaban entre mis nalgas, no había bragas que molestaran a sus dedos, la sensación era explosiva, noté como uno de sus pulgares se detuvo en el ano y lubricado como estaba por el aceite hizo que le fuera fácil entrar levemente en mi culo, estaba a punto de estallar, yo no decía nada, estaba irreconocible, nunca me había pasado cosa semejante.
Mi ano no ofrecía resistencia, ahora el dedo lo había introducido totalmente y lo movía muy lentamente, muy suavemente, en movimientos circulares, quizá lo estaba preparando, no lo se, sacó el dedo y volvió a introducirlo, obviamente entró con más facilidad que antes, cambió el ritmo de sus movimientos y aceleró, entraba y salía, entraba y salía, me mordía la lengua para no gritar, mi marido estaba en la sala y podía oírme, ahora había metido dos dedos, puede notarlo, mi culo no ofreció resistencia, no podía hacerlo, tres dedos entraban y salían ahora de mi culo, una, dos, tres veces, el placer era insostenible. Se volvió a inclinar sin sacar los tres dedos de mi culo y sin dejar de moverlos y me besó en la espalda, creí explotar, se cambió de sitio sin sacar sus deliciosos dedos de mi culo y se puso frente a mi rostro, esto hizo que sus dedos estuvieran ahora en posición contraria lo que motivaba que el culo se abriera más para adaptarse a los dedos colocados al revés, sus sexo erecto entre sus pantalones lo tenía frente a mi rostro, tenía que atraparlo, sacarlo, comerlo, no podía, era imposible moverme, mi éxtasis era paralizante, dio la vuelta alrededor sin soltar mi culo abierto ya por la excitación y por sus dedos. Eché de menos su miembro frente a mi rostro. Joel saco los dedos y comprobó que el culo estaba lo suficiente abierto para él, con las dos manos lo extendía hacia fuera y observaba. Sentía su mirada en mis entrañas, tal era la abertura de mi culo, noté como su rostro estaba ahora hundido en entre mis nalgas, su lengua se hundió totalmente en mi culo, sentía el calor maravilloso de su carnosa lengua dentro de mi, mis jugos se derramaban sobre la camilla, lo sentía y él seguía en esa posición, lamiendo, absorbiendo mis entrañas, vaciando mi cuerpo, dándome el mayor placer jamás sentido por mí. Se incorporó de nuevo y se puso otra vez frente a mi rostro, se arrodilló y me besó en la boca, creí morir de placer, le atrapé su lengua y jugueteé con ella para no soltarla nunca más, él no me dio tiempo, se incorporó y desabrochándose el pantalón sacó aquel inmenso miembro ennegrecido y lo puso en mi boca, lo engullí como lo hacen las fieras muertas de hambre, lo succionaba, lo lamía, lo devoraba. Él me agarró por el pelo con brusquedad y me sujetó para dar una embestida a su miembro hasta el fondo de la garganta, mis horcajadas eran frenadas por el ritmo de sus embestidas, iba a vomitar, él seguía con frenesí metiendo aquella descomunal polla en mi garganta.
Quiero incorporarme pero no me deja, me obliga a seguir en la camilla, intuyo que tiene algo preparado para el final, lo intuyo, vuelve colocarse otra vez detrás de mí, quiero sentirlo dentro, quiero que me folle, pero no lo hace, me hace esperar, sufrir, hace que me desespere, vuelve a abrir mi culo para observar la abertura, lubrifica sus manos y mete sus dedos ahora de una forma brusca, intenta desesperadamente meter los tres dedos a la vez, mi culo se resiste, él insiste, empuja y empuja, empiezo a sentir dolor, consigue vencer la resistencia y sus tres dedos comienzan a entrar y salir con facilidad dentro de mi culo, intenta meter la palma de la mano, quiero hacerle señas de que no lo haga, ya no soy yo, soy su esclava, él no me obedece, mete los cuatro dedos y sigue su ritmo con frenesí.
Me corro con gemidos aullantes, tengo miedo de que Carlos los oiga. Joel se acuesta sobre mí ahora, intuyo lo que va a pasarme, coloca su miembro frente a mi ano y sin contemplaciones se hunde en él. Ya no es el chico educado, ya no es el chico atento, es un animal en celo, me folla, me folla como nadie lo ha hecho jamás, entra en mí de tal manera que siento las embestidas en mis entrañas, me está follando por el culo el primer hombre en mi vida, ni siquiera Carlos ha tenido ese privilegio, Joel me folla con la fuerza de un oso, mientras me agarra fuertemente por el pelo, de tal manera que me obliga a echar la cabeza para atrás, sí, sí, fóllame amor, hazlo, soy tuya, las piernas no las siento, mi culo es una puerta abierta, Joel entra con tanta facilidad, que siento no haber experimentado esto antes, ahora se ha recostado sobre mí mientras sigue su vaivén enfurecido, me está follando una bestia, un animal, me muerde el cuello, me sigue embistiendo con fuerza, siento dolor en el cuello, sus mordiscos me hacen daño, quiero dejar de sentir el dolor, pero no quiero que pare, sigue, sigue, se levanta y me da la vuelta, me levanta las piernas aceitosas por el masaje y las pone sobre sus hombros, vuelve a colocar su miembro en la entrada de mi abierto culo y lo hunde sin dificultad, con fuerza, con crueldad, entra y sale, entra y sale, ese culo no lo reconozco, ha sido solicitado muchas veces pero siempre me he negado y este chico ha sido capaz de abrir las puertas, creo que cabría una mano entera en él.
Joel saca de nuevo su polla de mi culo y se coloca en posición, se que la otra ruta será profanada también, lo hace con la misma facilidad que antes, me folla con una fuerza gigantesca, noto que se está rindiendo, le hago señas como puedo para que no se corra dentro, me ignora, sólo soy un juguete para él, comienza a aumentar el ritmo e intento desacoplarlo de mí para que no se corra dentro, hago una fuerza increíble, pero él me ha dejado sin fuerzas, se tumba sobre mi vientre y me muerde los pezones, me hace daño, me está dejando la marca de sus dientes, me duele, pero el placer es superior, mientras un hilillo de sangre me corre por el pecho, su miembro está profanando mis entrañas, son embestidas descomunales, entra, sale, vuelve a entrar y vuelve a salir, así una y otra vez, sí, soy un juguete para él, no puedo ofrecer resistencia, se debilita su fuerza, lo noto, va a estallar y … se corre dentro de mí, no he podido evitarlo, no he querido evitarlo.

Aún no puedo moverme me duele todo el cuerpo, Joel se ha levanta y comienza a vestirse, lo observo, admiro su cuerpo, su escultural cuerpo, su ahora flácido miembro, esa polla que me ha hecho vibrar, si Alfonso se enterara, explotaría de ira, su ego por los suelos, el caza mujeres de la oficina no me ha tenido y sin embargo a este joven con apenas un poco de seducción he conseguido atraerlo, me lo he tirado, sí, lo he seducido, es mi amante, mi sueño.
Consigo sacar fuerzas para incorporarme, mis fluidos están por toda la camilla, me visto, él ya ha conseguido vestirse y ha comenzado a recoger sus cosas, ahora está plegando la camilla, yo me dirijo a mi bolso, tengo que pagar sus honorarios de "masaje", quisiera darle más dinero pero temo ofenderle, al final decido darle lo justo, 30 €. Estiro la mano con el dinero y una sonrisa en mis labios, de satisfacción, quizá de dominio al saber que le tengo en mi nómina. Él aún no me ha visto la maniobra pues sigue inmerso en sus artilugios. Cuando al fin se da cuenta, levanta la mirada y me dice:
-¡Ah no cielo!, ya está pagada, un abogado, sr. Alfonso, me dijo que era amigo tuyo, me contrató, él me dijo que te lo hiciera lo mejor que pudiera, que tenías cierto miedo. Espero haber estado a la altura de las circunstancias. ¿Creí que lo sabías?

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