lunes, 4 de agosto de 2014

mi bogue

intercambio de parejas

Después de haber tenido nuestros hijos, Elena y yo nos planteamos un método anticonceptivo definitivo que nos permitiera seguir disfrutando del sexo.

 Tras darle algunas vueltas, Elena insistió mucho en que lo mejor sería que me hiciera una vasectomía. Ya estaba harta de las pastillas, de los dispositivos intrauterinos, de los preservativos, etc. Yo no estaba muy convencido puesto que, aunque sé que no es una cosa racional, la posibilidad de no volver a tener hijos me parecía como una especie de castración, como si se perdiera un poco de mi virilidad. Hablamos en repetidas ocasiones sobre el tema y, tras asegurarme Elena que nada cambiaría, por fin me decidí a operarme.

 El día del quirófano llegó, un viernes por la mañana. Ese mismo día estuve molesto, pero el dolor era soportable. Elena me acarició y me dijo con mucho cariño que había hecho lo correcto, que íbamos a disfrutar mucho con esta decisión que “habíamos” tomado. Y digo “habíamos” porque lo recalcó expresamente, como dando a entender que sabía perfectamente que había sido una decisión suya.


 Ese mismo viernes, Elena me cuidó mucho, se preocupó de que no me faltara de nada y estuvo pendiente de todo. Mi sorpresa llegó cuando Elena me dijo que por la noche íbamos a salir un rato a tomar algo, que ya había colocado a los niños con los abuelos. Le dije que prefería descansar un poco, que me dolía un poco la entrepierna, pero no me hizo demasiado caso. Total, que a las diez de la noche ya estábamos cenando en una pizzería y a las doce ya estábamos algo bebidos en una discoteca cercana.

 Empezó a bailar a mi lado como ella sabe, contorneando su cintura y moviendo su generoso culo. Le dije, lógicamente, que no se acercara mucho a mí, porque me podía hacer daño tras una operación tan reciente. Ella estaba un poco bebida y me contestó entre risas:

 - "Pues ya me dirás tú que hago si no puedo tocarte, con lo cachonda que estoy".

 Todavía riendo, me fui a pedir una copa más a la barra. No recuerdo si tardé mucho o poco, pero el caso es que cuando volví comprobé que Elena estaba bailando con un tío de una manera un tanto desinhibida. Me acerqué a ella y le di la bebida que me había pedido. Nada más dársela me dijo al oído:

 - "Pues a éste no le duelen los huevos cuando se los toco".

 Al principio me costó un poco entender lo que decía, pero luego pude ver a lo que se refería. Los bailes eran cada vez menos discretos y cada vez sus movimientos rozaban con mayor descaro el paquete de su compañero de baile.

 - "¿Quieres que baile así contigo?", me preguntó con picardía.

 Los dos sabíamos cuál era la respuesta, pues a mí me resultaba imposible poder bailar así con ella debido al dolor que todavía sentía por la operación. Hizo un giro de cabeza, movió su pelo y siguió bailando con su nueva pareja como si tal cosa.

 Empecé a ponerme cachondo viendo cómo mi mujer estaba tonteando con un desconocido y de qué forma estos movimientos iban siendo cada vez más descarados. Pude comprobar nuevamente que las manos de Elena tocaban repetidamente el paquete de aquel tío y, la verdad, cada vez estaba más excitado. La erección que empezaba a tener me producía dolor porque me tiraban los puntos pero, aunque intentaba controlarme, resultaba difícil. De nuevo, Elena se acercó a mí y me dijo:


 - "Carlos me está poniendo muy caliente. ¿Crees que esta noche tú, David, podrás cumplir como un macho con esta hembra?".

 - "Elena, esta mañana me han hecho la vasectomía, y me duele bastante. No puedo hacer nada de nada hoy. Ya lo sabes".

 - ¡Oh, qué lástima!... Jajaja", contestó Elena irónica, para continuar diciendo:

 – "Pues si tú no vales, alguien tendrá que hacerlo".

 - "¿Cómo que yo no valgo?", pregunté ofendido.

 - "No te enfades, David, no te enfades. Hoy no me sirves. No pasa nada, no es nada malo. Yo lo entiendo, pero tú también tienes que entenderlo. Estoy muy caliente y necesito un hombre".

 - "¡Para hombre ya estoy yo!".

 - "Vamos a ver, David, hablemos claro. Ahora ya no eres hombre, eres medio hombre, como mucho. Nunca has sido muy macho que digamos, siempre me has follado regular, pero me has podido dar descendencia. Gracias a eso hemos tenido unos hijos maravillosos. Ahora que ya no puedes darme hijos ya podemos decir que has perdido tu valor añadido. Ahora eres medio hombre".

 - "¡No me jodas, Elena!, ¡pero si fuiste tú la que quisiste que lo hiciera!".

 - "Ya, ya. Eso ya lo sé. Pero yo necesito algo más. Necesito un poco de hombría. Necesito un macho. Ahora que sabes que tú nunca serás ese macho, entenderás que busque otros machos. Estaba esperando a que te operases para poder hacerlo".

 - "Eres cruel, Elena".

 Entonces Elena pareció recobrar toda la sobriedad perdida por el alcohol, me miró bien profundo a los ojos, miró bien adentro en mi interior y me dijo con una seguridad inusitada:

 - "Mírame fijamente y dime que no te pone cachondo lo que estás viendo. Dime solamente eso y todo habrá terminado. Nos iremos a casa y nunca más volveremos a hablar de este asunto. Mírame a los ojos y dímelo".

 Mi corazón latía como un bombo en mi interior. La música pareció apagarse. Se hizo un silencio en el mundo que me pareció eterno. Finalmente, bajé la mirada.


 - "Mírame, cobarde", dijo Elena cogiéndome la cara y levantándome la barbilla.

 - "Tienes razón", susurré.

 - "¿Qué has dicho?".

 - "Que tienes razón".

 - "¿En qué tengo razón?", insistió Elena.

 - "En que me pongo cachondo viéndote con otro hombre".

 - "¿Sólo viéndome con otro hombre?", volvió a insistir.

 - "No, me pongo cachondo de verte bailando y rozándote con otro hombre. Me gusta que lo hagas".

 - "¿Sabes qué significa eso?", me preguntó.

 - "¿Qué? ¿Qué significa?".

 - Que eres un cornudo, David. Eres un cornudo en potencia. Deseas ver a tu mujer con otros hombres y eso es lo que hacen los cornudos. Si fueras la mitad de hombre de lo que tendrías que ser ya le hubieras partido la cara a este fulano. Pero no. Tú quieres verme. Quieres ver cómo hago estas cosas. Eres un cornudo, David. Un cornudo".


 No supe qué decir. Me quedé sin palabras. La situación parecía superarme. Por un lado, Elena había dado en el punto justo. Había comprendido a la perfección mis sentimientos y los estaba aprovechando en mi contra. Por otro lado, estaba aprovechando mi vasectomía para hacerme un cornudo.

 - "¿Sabes lo que voy a hacer, cornudo?", dijo con la seguridad de haber ganado una batalla y haber desmontado a su contrincante.

 - "¿Qué vas a hacer, Elena?", contesté de manera casi automática.

 - "Voy a irme a bailar con Carlos y te voy a hacer feliz. Te voy a hacer el hombre más cornudo que haya existido. Voy a hacer realidad tu fantasía. Por fin lo voy a hacer"
.

 Dicho esto, se dio la vuelta, me dejó allí con mi cubata y se fue de nuevo a los brazos de aquel tipo. Tal como llegó, le plantó un morreo en toda la boca, tocando con sus manos cada rincón de su espalda, primero, y de su culo, después. Las manos de Carlos no se quedaron quietas y también recorrieron cada centímetro de la anatomía de Elena.

 Yo estaba desmontado, mirando. Sin embargo, estaba tranquilo. Me sentía bien. Sentía que estaba disfrutando como ella me había dicho.

 Entre bailes, magreos, besos apasionados y manos inquietas fueron pasando los minutos y cada vez el espectáculo era más insoportable. Toda la pista de baile acabó mirando de qué manera Carlos metía mano a mi mujer por debajo de la falda, por debajo del vestido por debajo de todos lados y como le comía la boca, cómo le besaba el cuello con pasión, como hacía con ella lo que quería...

 Cuando parecía que no podían llegar más lejos en cuanto a excitación, Elena se acercó nuevamente a mí, pero esta vez abrazada a la cintura de Carlos y me dijo si nos podíamos ir.

 - "Claro, ya te has cansado de este juego, ¿no?", le dije con cierto aire de victoria.

 - "¿Cansado? ¡Qué va! Lo que pasa es que quiero ir con Carlos a follar como una loca, pero no tenemos coche. A ti no te importaría llevarnos ¿verdad?".

 No sé cómo no los mandé a la mierda, porque era para hacerlo, pero el caso es que en unos minutos estaba conduciendo, lleno de excitación, mi propio coche hacia un hotel de las afueras donde se hospedaba el tal Carlos. Como era de esperar, ellos iban en el asiento de atrás, metiéndose mano como desesperados y morreándose con entrecortada respiración. Yo conducía como lo que Elena me había dicho, como un cornudo que mira por el espejo retrovisor cómo su mujer abre las piernas para que otro hombre meta sus dedos en la vagina. Esa vagina que un día alumbró a mis hijos.


 Una vez en el hotel me dijeron que esperase en el coche si quería o que me fuera a casa. Lo que yo prefiriese, pero que no podía subir a la habitación. Me quedé mudo, sin contestar, mientras los veía alejarse del coche. En ese momento, pude ver cómo Elena se abrazaba a Carlos, como crecía aún más esa pasión que habían ido cultivando desde el principio de la noche. La mano de él en el culo de ella, no mostraban temor alguno y la mano de ella por dentro del pantalón de él presagiaban lo que pasaría en la habitación.

 Tras unos minutos de desconcierto en el asiento delantero del coche, en los que no sabía muy bien qué tenía que hacer, opté por volver a casa, puesto que no sabía cuánto iba a durar la fiesta, pero imaginaba que no sería una cosa rápida.
En la cama, mis pensamientos volaron, mi imaginación imaginó todo lo imaginable. No podía conciliar el sueño. No podía pensar en otra cosa que en Elena siendo follada por otro hombre. No podía alejar mis pensamientos de todo aquello que estarían haciendo en el hotel al que yo mismo les había llevado tan amablemente.

 Al alba llegó, la mañana se hizo mediodía y Elena apareció por la puerta de casa con muy mala cara. Despeinada, arrastrando los pies y desmaquillada...

 - "¿Qué te ha pasado?", le pregunté preocupado.

 Ella a duras penas consiguió contestar, pero pudo finalmente decir:

 - "Estoy cansadísima, David. No te preocupes. Voy a descansar un buen rato que no he pegado ojo en toda la noche y luego te lo cuento todo. Sólo decirte que tengas mucho cuidado, que con los cuernos que tienes puedes rayar el techo de casa. Por fin has conseguido lo que realmente querías".

 Dicho esto, me dio un beso en la mejilla. Olía a sexo, a sexo muy sucio. Olía a otro hombre. Olía a semen y a colonia. Olía a pura lujuria.


 Horas más tardes, cuando volvió a ser persona, me dio detalles de cómo le había chupado la polla a Carlos nada más entrar en la habitación, de cómo habían follado de todas las manera posibles, de cómo se la había metido sin piedad por todos sus orificios una y otra vez. Me dio detalles de lo más morbosos de cómo había disfrutado, de cada uno de sus múltiples orgasmos, de cómo Carlos se había corrido en su interior, en su cara y en donde le había parecido bien. Me dio hasta el más mínimo detalle de cómo me había hecho, por fin, un buen cornudo aprovechando mi vasectomía.

 Hoy hace casi 6 meses de todo aquello. Elena está embarazada (¡después de mi vasectomía!), pero eso es otra historia... Email.



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