domingo, 23 de abril de 2017

Relato Cukold

intercambio de parejas


Hará dos meses descubrí un oscuro secreto de mi marido, su fantasía de ser un cornudo. Todo pasó por pura casualidad, cogí su móvil para comprobar un mensaje que había recibido mientras se duchaba. Más que nada, para asegurarme de que no fuera nada urgente o importante. Al desbloquearlo se abrió una pantalla de un blog con unos talkies de temática “cuckold”. Eran imágenes porno y/o eróticas con frases sobreescritas que aludían siempre a lo mismo: mujeres dominantes humillando a sus maridos cornudos. Estuve rastreando en el historial y todo estaba lleno de blogs y páginas relacionadas con lo mismo. Decidí dejar el móvil tal y como lo encontré y no comentarle nada a Luis.
Pasaron los días y mi curiosidad por el tema fue en aumento. Decidí investigar por mi cuenta y descubrí que muchos hombres casados tenían el inconfesable deseo de que sus mujeres practicaran sexo con otros hombres más masculinos que ellos, sobre todo, con un pene más grande que el de ellos. En fin, estuve indagando a fondo, viendo muchos videos pornos relacionados con cornudos y comprobé que la mayoría de los corneadores eran siempre hombres negros con unos miembros increíblemente grandes. Debo confesar que me excité en más de una ocasión al ver esos penes. Me estaba infectando de aquella morbosa fantasía más rápido de lo que deseé. De hecho, me empecé a masturbar a solas pensando en aquellos tíos musculosos y tan bien dotados y en la idea de que a mi marido le gustara verme debajo de uno de esos machos, follada hasta el éxtasis.
Por aquel entonces, estaba todo el día super cachonda, en el trabajo, en casa, en la ducha, siempre pensando en dar el paso y serle infiel a mi marido y, sobre todo, en hacérselo saber. Como por arte de magia, el destino puso la tentación en bandeja. Fue un lunes por la mañana. Luis, mi esposo fiel y cariñoso, se fue a trabajar como cada mañana y yo me despedí de él con un beso.  Lo ví marcharse y me preparé el desayuno. Me senté en la salita y puse la tele, entonces oí el zumbido de un cortacésped en el jardín. Tenemos una vivienda en planta baja en una urbanización de lujo y siempre habíamos tenido a un chico de mantenimiento pendiente de las zonas comunes. Sin embargo, llevábamos casi un año sin recibir el servicio y me llamó la atención que lo hubieran retomado. Me acerqué a la ventana y aparté la cortina. Entonces lo ví. No se trataba del mismo chico. Era otro. Tenía unos veinticinco años, no más. Como estaba haciendo una primavera algo más calurosa de lo habitual, el chico había preferido prescindir de la camiseta y llevaba su torso al desnudo. Me impresionó su musculatura, para qué nos vamos a engañar, sus abdominales, ridículamente marcados y aquellos pectorales prominentes. Era mulato, tenía un tono tostado que invitaba al pecado. Estaba muy tatuado, cosa que me pone a cien. Rostro varonil, mandíbulas anchas y ojos claros. Un bombón. Sus shorts desgastados y ajustados le hacían un trasero irresistible. Observé que tenía unas piernas gruesas y musculosas. Llevaba un tatuaje en unos de los muslos que no llegué a discernir en la distancia, pero que me pareció muy sexy. Pensé en que era el candidato perfecto para dar el paso y satisfacer la fantasía de Luis. ¿Pero cómo lo haría? Estuve pensando en las cosas que haría con aquel mulato y dónde. Me empecé a tocar y terminé masturbándome como una descosida allí escondida tras las cortinas, mirando cómo el tío empujaba el cortacésped, cómo se le tensaban los músculos de los brazos. Acabé exhalando bocanadas de deseo. Al final me relamí el dedo mojado imaginándome que era el pene de aquel tío. Un show, vamos.
Pasó una semana y comprobé que el chico estaba destinado a atender toda la zona común. Cuidaba de la piscina, del césped, de todo. Sobre la 13hrs se ponía a comer un bocadillo debajo de una palmera, y reanudaba el trabajo a la 13:30hrs. Estuve elucubrando un plan. Si lograba que aquel tío entrara en casa durante su media hora de descanso, a lo mejor conseguía que Luis nos sorprendiera en plena faena, ya que él sale habitualmente de trabajar a la 13:30hrs y llega a casa sobre las 14hrs. En fin, tendría que lograr que el chico no huyera demasiado pronto y que no acabara tampoco muy rápido. ¿Pero cómo conseguiría que entrara en casa? Tuve una idea. Iba a ser un topicazo, pero para el caso sería perfecto. Le diría que tenía una fuga en el fregadero y le preguntaría si sabía arreglarlo. Seguro que sabía… Seguro que sabía hacer muchas cosas.
El día elegido fue un viernes. Cuando mi maridito se fue a trabajar me  fui rápidamente a mi dormitorio a arregalarme. Esta muy nerviosa. Iba a necesitar un buen rato en prepararme para aquel tío. Me duché, me afeité el sexo hasta dejarlo liso y suave, me hice la plancha, me pinté las uñas (de las manos y de los pies), me maquillé como si fuera noche vieja y elegí la ropa: un vestido de verano con motivos florales supercorto, unas sandalias con tacón de cuña superfashion y unas pantimedias Fatal 15 color cosmetic de la marca Wolford, sin costuras en la entrepierna. Lo de las medias era un gesto para mi marido. Siempre fue un fetichista sin cura de la lencería y sentía especial predilección por las pantimedias. Pensé que si me pillaba con ellas puestas mientras le ponía los cuernos, sería como el ingrediente secreto para que un buen plato se convertiera en uno especial. Las pantimedias Wolford eran una pasada, me las regaló mi marido para San Valentín, pero nunca vi el momento para ponérmelas. La estrenaría para la ocasión. La verdad es que se sentían como una suave segunda piel que proporcionaba un velo sugerente y sexy. No llevaría braguitas, ni sujetador. Evidentemente. Me había vestido tal y como más le gustaba a Luis, y sin embargo lo iba a disfrutar otro tío.  La sensación era increíble. Me di la vuelta frente al espejo. Me gustaba lo que veía. Estaba rozando el toque “provo” sin resultar obvia. Me eché un poco de mi perfume favorito Coco Mademoiselle Chanel y lancé un beso a una foto de nuestra boda.
“Esto lo hago por tí”, le dije a la imagen de mi marido.
Salí a la terraza y busqué al chico. Eran las 12:45hrs, estaba a punto de tomarse su descanso. Lo ví al lado de la piscina. Sin camiseta, con sus tatuajes, sus músculos y el sudor del trabajo duro de toda la mañana. Me dirgí hacia él con pasos ridículamente femeninos, casi de puntillas, a lo Marilyn Monroe cogiendo el tren en “Con falda y a lo loco”. Supongo que esa actitud nunca ha fallado para atraer a un hombre.
-Hola.
El tío se dio la vuelta y me miró de arriba abajo (buena señal).
-¿Sí?
(Ufff, de cerca era más guapo aún y más alto. Me sacaba unos quince centímetros).
-Perdona, me llamo Denisse. Soy la vecina del bajo de allí enfrente. ¿Cómo te llamas?
-Roberto.
-Vaya, qué bonito, tienes un acento muy exótico.
-Soy cubano, mi amor.
Los párpados se me caían de delirio.
-Verás, tengo un problema con el fregadero y me preguntaba si podrías echarle un vistazo…
-¿Ahora?
-Sí, ¿si no te importa?
Me di cuenta que me miraba el escote. Una ráfaga de viento abrió un poco el vestido y noté que se me endurecieron los pezones al roce con la tela. ¿Se me notarían? Por la cara del chico juraba que sí.
-No, vamos si quiere preciosa.
-¡Gracias! Sígueme, es por aquí.
Mi corazón me martilleaba el pecho. Tenía a aquel tío musculoso justo detrás de mí, siguiéndome hasta mi casa. Me volví y le sorprendí mirándome el culo. Sonreí. Esto marchaba.
Entramos y nos dirigimos a la cocina. Me agaché para abrir el fregadero y de pronto me acordé de lo corto que era el vestido y de que bajo las medias no me había puesto braguitas. Me incorporé y me bajé la falda lo que pude. Le miré a los ojos y comprobé que seguramente le mostré más de lo que debía. Estaba supercaliente de ver a aquel tío dentro de casa, sin camiseta, con tantos músculos, oliendo a macho. Noté que me empecé a mojar.
-Mira aquí abajo, está todo muy húmedo -le dije, y me mordí el labio.
El chico ni siquiera miró hacia el fregadero.
-¿Y tu marido? -me preguntó.
-No te preocupes por él… -suspiré.
Ya no podía esperar más y me lancé hacia él y comencé a besarlo apasionadamente. Le di mi lengua para que jugara con ella en su boca. Fue todo muy, muy sucio desde el principio. Llevaba más de quince años (los años que conozco a Luis) que no besaba a ningún otro hombre que no fuera él, y la diferencia me volvió loca. Notaba sus mejillas rasposas mientras me lamía el cuello. Tocaba sus brazos duros y fuertes y pensaba en las consecuencias que traería todo aquello. Me magreaba las tetas justo como a mi me gustaba, sin delicadeza, como un animal. El deseo hacía que quitara el pie del freno y que me tirara cuesta abajo, pero la razón ponía en duda si la fantasía de mi marido de ser un cornudo era sólo eso, una fantasía, y que en realidad no podría tolerar a una esposa infiel. Entre aquel barullo de pensamientos suspiraba cada vez que lo miraba a los ojos, cada vez que nuestras lenguas se rozaban, cada vez que veía toda esa piel tatuada. El olor a macho me hacía derretirme. Sus manos sucias de tierra comenzarón a subirme el vestido y a meterse dentro de las pantimedias.  Empezó a bajármelas.
-No me las quites, por favor. Déjamelas puestas, me gusta más así.
Aquello pareció excitarlo y me cogió en brazos como a una niña pequeña. Le indiqué donde estaba mi dormitorio de matrimonio. Cuando llegamos me lanzó sobre la cama y se quitó los shorts. Llevaba unos calzoncillos Calvin Klein blancos que contrastaban con su piel morena. El tatuaje de su muslo derecho era un tigre de bengala muy logrado. Le daba un aspecto de chico malote muy atractivo. No pude evitar fijarme en su paquete. Su pene dibujaba una gruesa silueta horizontal que se perdía hasta la cadera. Suponía que era un efecto óptico, que no podía ser tan grande. En realidad aquel hijo de puta estaba para comérselo. Me acerqué y me puse de rodillas frente a él. De cerca el bulto me impresionó. Daba la impresión que se había metido un rodillo de cocina en los calzoncillos. Lo acaricié y me di cuenta de que no era un efecto óptico. El miembro era real, inmenso. Me puse a besarlo por encima de los calzoncillos. A lamerlo. El chico gemía.
-¿Ese de la foto es tu marido? -me preguntó.
Cerré los ojos y tomé aire. Me puso cachonda que me lo preguntara. Precisamente en ese momento en el que estaba tan entregada a él.
-Oh sí, ése es.
-Tiene cara de pringao.
-Ohhh, sí lo es.
Le bajé los calzoncillos y liberé la polla más grande que había visto nunca en directo. Estaba totalmente depilado. Me gustó. “Vamos, guarra, cómeme la polla”. Se la sujeté con la mano (apenas la conseguía rodear entera) y la admiré. “Por tu cara parece que te gusta más que la de tu marido”. Era preciosa, robusta, con venas gordas, algo curvada hacia un lado (me encanta) y sin circuncisar. Al principio no supe bien qué hacer. “Hoy es tu día de suerte, perra”. No sabía por dónde empezar. Tragarme todo ese rabo iba a ser imposible, así que saqué la lengua y recorrí todo aquel pollón larga y pausadamente. Me detuve bastante en lamerle los huevos. “Oh, joder sí, cómeme los cojones, putita, así, así, como una gatita en celo, sí”. Los tenía tan depiladitos y tan suaves que me fascinaron. Mi lengua se deslizaba tan bien por aquellas bolas lisas y sedosas. Me dediqué de lleno a relamerle los huevos hasta dejarlos todo lengüeteados y mojados en saliva. Al final fue él el que me pidió que lo dejara ya por miedo a correrse demasiado pronto. Entonces me la metió en la boca, todo lo que pudo. “Ven aquí, preciosa. Esos labios se hicieron para mi polla.”  El tío me sujetó la cabeza y me folló la boca literalmente hasta la garganta. Estuvo así un ratazo. Yo lo miraba a los ojos, gobernable, dispuesta a sus antojos. Hilos de saliva y presemen me resbalaban por la barbilla. “Oh, qué bien la chupas, zorra. A ver si eres igual de buena con mi culo.” De repente, se tendío sobre la cama y abrió las piernas, mostrándome su ano igualmente depilado a conciencia. La verdad es que aquel semental estaba buenísimo.
-¡Lame mi culo, vamos! Me encanta.
Y yo, como hipnotizada, fui gateando hasta él con la lengua fuera y le lamí el ano con devoción. Nunca en mi vida había hecho una cosa tan sucia, sin embargo sentirme tan obscena terminó por impregnar mis pantimedas con una gran mancha de humedad que se extendía hacia los muslos. Esa sensación acuosa en la entrepierna era totalmente erótica. No estoy segura, pero creo que en ese momento tuve mi primer orgasmo junto a él, allí postrada, lamiéndole el culo a aquel chico malo.
Al rato se levantó y me cogió en volandas y me lanzó nuevamente sobre la cama. Me trataba como a una puta de polígono y eso me encendía aún más. Enterró su cara sobre mi coño y quiso quitarme las medias otra vez.
-¡No, no! ¡Comételo con las medias puestas, por favor! ¡Me vuelve loca así! ¡Así es como le gusta a mi esposo, pero nunca le dejo! ¡Quiero que tú disfrutes lo que no le dejo a él!
El tío me cosió el coño a lametazos. El efecto de su lengua, la caricia de sus mejillas sin afeitar sobre mis muslos y la textura de las medias empapadas por mi exceso de fluidos hizo que me bajara una ráfaga de orgasmos electrizantes. Grité y todo. Mientras me asaltaba el placer por todo el cuerpo no sabía si cerrar las piernas o abrirlas un poco más.
De pronto escuché el motor del coche de mi marido. ¡Había llegado a casa! Mi corazón empezó a golpear mi pecho a toda pastilla. Estaba a punto de llegar el momento más importante en nuestra vida matrimonial. Cuando Luis entrara en el dormitorio, ya nada volvería a ser igual.
-Corre, fóllame, mi marido ha vuelto a casa.
El mulato no daba crédito a lo que había oído. Hizo el amago de marcharse y esconderse con rapidez, pero lo detuve.
-No, no te vayas. ¡Fóllame, te lo ruego! A mi marido le gusta que me jodan otros hombres.
(Al menos eso esperaba, porque de lo contario se iba a liar una buena).
Me rompí las medias con las uñas, haciéndole un agujero lo suficientemente grande para que entrara su pene. Dudé un instante cuál sería la posición más adecuada para cuando entrara en el dormitorio y nos sorprendiera. Decidí que me pondría a cuatro patas con la cara mirando hacia la puerta, para mirarle a los ojos a mi marido en el momento culmen.
-Vamos fóllame como a una perra. Si entra mi marido, no pares, tu sigue follándome como loco.
Roberto me penetró por detrás y yo lancé un profundo quejido. Notaba como chapoteaba mi coño cada vez que me embestía. Aquel tío me llegaba hasta donde ningún hombre me había llegado nunca.
-Oh Dios mío, siii, joder, me matas, cabronazo. Oh, fóllame así, venga, así. Oh Dios mío, Dios mio.
Me maravillaba la percepción de no notar ninguna barriga sobre mis nalgas al ser penetrada. Con Luis siempre sentía su barriga fofa antes siquiera de que lograr metérmela entera. Pero con aquel tío, solo sentía sus abdominales duros en relieve acaricar mi culo y sus huevos gordos y suaves golpear mi clítoris. Pensé que era una chica con suerte. Escuché la puerta de la casa. Al fondo mi marido:
-Hola cariño, ya he vuelto…
-Ahh, ahh, siii, no pares, tu no pares, sigue, sigue así, dame cachetes en el culo, dime que soy tu puta, así.
-¿Cariño?
-¿Te gusta así puta? Te gusta que te folle un hombre de verdad, ¿eh? ¿Quieres enseñarle a tu marido lo que realmente te gusta, eh?
El tio me estaba haciendo ver las estrellas, me daba cachetes y me castigaba de lo lindo con sus movimientos de caderas cubanos. Los nervios de saber que mi marido estaba en casa y que estaría oyéndonos acrecentaba el erotismo hasta límites inaguantables.
-Ay, siii, asíii, me matas. Enséñame cómo folla un hombre de verdad… Oh, Dios mío…
Entonces se abrió la puerta del dormitorio.
Luis estaba de pronto allí delante, con su traje barato y su cara de lelo. Su palidez era patética. Por un momento se me detuvo el corazón mientras un fuerte orgasmo me sacudió como un latigazo por toda mi columna. Me corrí salvajemente, entre espasmos y convulsiones. Incluso tuve una ejaculación femenina, ya que experimenté pérdidas semejante a la orina que salpicaron las sábanas de nuestra cama de matrimonio.
-¡Denisse! ¡Qué haces!
-Me está follando un macho, Luis, un macho de verdad… Me está dando lo que tu jamás podrías darme. ¿Lo entiendes verdad? Dime que lo entiendes.
La cara de mi marido estaba poniéndose roja. Sus ojos brillaban. Pero no era de cabreo, era más bien una claudicación humillante y lujuria. Soltó el maletín que cayó al suelo.
Roberto hacía círculos con su cadera, follándome como un profesional del porno.
-Joder, zorra barriobajera, te has meado de gusto. Mira cómo ha puesto la cama la cerda de tu mujer -bramó el corneador.
-¿Te gusta verme así? ¡Dime Luis! ¿Te gusta que otro tío me diga zorra barriobajera delante de ti? Mira, me está follando con las pantimedias puestas, con las caras… Las que me regalaste para San Valentín. ¿Te gusta que sea así de puta con él? Dime, ¿te gusta que te ponga los cuernos?
Mi marido me miró y asintió levemente. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
-Denisse… -logró escupir:- ¿Por qué?
-Porque estoy harta de tu pichita enana, Luis. Por eso. Porque nunca tengo orgasmos contigo….-comencé a balbucear entre gemidos de gozo:- Mira la polla de este tío, joder. Esto es un hombre, ¿ves? Ah, ah, ah. Me ha dado más orgasmos en media hora que tú en toda nuestra vida juntos -Era difícil hablar mientras se sacuden bien por detrás:- Esto es lo que quiero a partir de ahora… Y tu serás mi cornudo fiel y sumiso. ¿No es eso lo que te pone, maricón? -Y Roberto dándome otro cachete y haciéndome una cola de caballo con su puño, tirándome del pelo, llevándome la cabeza hacia atrás (Dios cómo me ponía eso): – Ah, ah, ah. He descubierto toda esa guarrería que miras por internet, Luis. Lo sé. Sé que te pone ser un cornudo… Y la verdad es que a mí también me pone berraca ponértelos. Ah, ohhhh, no veas cómo empuja este cabronazo, ahhh, ohhh, siiii, cómo me folla cariño, qué bien jode… Me va a dejar el chochito todo irritado. Pero no te importa, ¿verdad? Luego me echas cremita para calmármelo, ¿no cielo? ¿Lo harás? Ohhh, Diosss, siiii, hasta el fondo, cabronazo, me vas a romper en dos, uhhhh.
-¡Mierda, esto es demasiado! -gritó Roberto muy sudado: -¡Me corroooo!
Entre tensas contracciones Roberto descargó un buen chorro y vació sus gordos huevos depilados dentro de mí. Noté el calor del líquido llegarme hasta lo más hondo. Fue un momento íntimo, cálido, reconfortante. La invasión de otro hombre en nuestro matrimonio había sido total, definitiva.
-Se acaba de correr dentro de mi, Luis. Estoy toda llena de su leche, mmmm.
Acordándome de los vídeos que había visto por Internet, decidí llegar al límite y me puse boca arriba abriéndome de piernas. El semen rebosaba de mis labios vaginales.
-¿Dime Luis? ¿Quieres comerme el coño así: recién follado y colmado con el semen de este tío? ¿O prefieres que me duche antes?
Mi marido estaba ofuscado. Se le notaba que estaba teniendo una fuerte lucha en su interior. No sabía si actuar cómo le aconsejaba su cabeza o cómo le rogaba su pequeño pene erecto.
Hice el amago de levantarme.
-Pues me ducharé entonces.
-¡No! Así está bien -me detuvo muy nervioso y miró a Roberto con timidez, avergonzado, cachondo.
Yo estaba alucinando. Al final se dio cuenta de cuál era su verdadero rol en nuestra relación y me limpió el coño con su lengua hasta rebañar la última gota del semen de Roberto.
Mientras lo hacía tuve sensaciones muy extrañas y contradictorias. Por momentos sentía lástima por mi esposo, pero acto seguido me ponía super salida y calentorra al verlo tan dócil y manejable. Sentí un placer especial al notar su lengua lamiendo mi chochito dolorido y bañado con el semen de un extraño, un placer que jamás había sentido con él. No porque mi marido supiera comerme bien el coño (hacía lo que podía), sino por la situación tan humillante a la que consitió someterse. Cuando terminó me incliné y le limpié un cordon blanco que se deslizaba por su barbilla.
-Sólo una pregunta antes de que se despida Roberto. Nunca te has aplicado tanto con el sexo oral. Dime una cosa, ¿me lo has comido con tantas ganas porque te gusta mi coño o porque sabía a su polla?
No me contestó, me miró a los ojos y supe la respuesta.
Yo ahogué un grito con la mano, un grito que terminó en una sonora carcajada. Era increíble, lo cornudo y maricón que era mi marido. Y yo sin saberlo.
Nuestro matrimonio, desde ese instante, ha sido maravilloso. Pero eso lo contaré en otra ocasión

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